En tiempos donde todo parece girar en torno a las metas, los logros y la validación externa, la felicidad muchas veces queda supeditada al cumplimiento de una lista interminable de “deberes vitales”. Desde la experiencia profesional y humana, la psicóloga Scheni Candy Fabián Jáquez nos entrega un texto íntimo y lúcido, que confronta esa tendencia de aplazar lo que ya merecemos sentir. Esta es una invitación honesta a detenernos, respirar, y mirar con nuevos ojos el valor del presente.
La vida, muchas veces, se parece a una lista de compras del supermercado. Antes siquiera de entrar, ya hemos anotado todo lo que “debemos” conseguir: carrera, pareja, hijos, casa propia, sueldo ideal. Vamos empujando el carrito con la esperanza de llenar cada casilla, creyendo que al marcarlo todo, alcanzaremos finalmente la felicidad.
Pero, ¿qué pasa cuando algún producto no está disponible? ¿Cuándo la pareja ideal no llega, el empleo soñado tarda más de lo previsto, o la vida simplemente nos cambia los pasillos? En vez de replantear la ruta, solemos enfocarnos en lo que nos falta, quejándonos de lo que no pudimos alcanzar y restándonos valor por aquello que aún no hemos logrado. Y mientras tanto, dejamos de vivir.
Nos condicionamos. Nos repetimos frases como: «Cuando me gradúe», «cuando me case», «cuando gane más dinero», «cuando tenga mi casa». Como si la felicidad fuera un producto exclusivo que solo se activa tras alcanzar ciertas metas. Como si solo pudiéramos permitirnos sentirnos plenos después de.
Así nos convertimos en bancos emocionales, entregando la felicidad en cuotas a futuro. Posponemos el bienestar mientras nos endeudamos con exigencias irreales y nos desconectamos de lo más importante: nuestro presente. Ignoramos nuestras diferencias individuales, minimizamos nuestras luchas internas, pasamos por alto los aprendizajes del camino y evitamos los duelos que implican dejar ir lo que alguna vez deseamos.
Honestamente, me declaro culpable de haber condicionado, en muchísimas ocasiones, mi felicidad a la obtención de metas. Y, al mismo tiempo, me reconozco responsable de haberme dado cuenta a tiempo de lo equivocada que estaba al ignorar todo lo que viví en el proceso. Dejé de ver la compañía encontrada, los aprendizajes nacidos de los tropezones, los procesos terapéuticos que me transformaron, los límites que aprendí a poner, y tantas pequeñas victorias que pasaron desapercibidas por estar esperando las grandes compras.
Siguiendo con la misma metáfora, me gusta pensar que muchas veces fui al supermercado de la vida decidida a comprar naranjas, y al no encontrarlas, me frustré. Pero con el tiempo aprendí a disfrutar de las uvas, que aunque no eran lo que buscaba, también me ofrecían un sabor dulce y una experiencia valiosa. Porque mientras camino hacia esa mejor versión de mí misma y mantengo vivas mis aspiraciones, también me regalo cuotas de agradecimiento por todo lo que ya he alcanzado, por lo que me he construido, y por las derrotas que me obligaron a redirigir mi lista de compras y ajustar mis prioridades.
Este artículo no viene con recetas mágicas, herramientas infalibles ni posiciones de experta. Hoy vengo desde otro lugar: desde mis propios errores. Vengo a compartir contigo mis tropiezos, mis procesos, mis listas mal hechas y mis metas mal ubicadas. Porque quizás, al leerme, también puedas mirarte con más compasión y dirigir tu atención al aquí y al ahora, para ver cuántas bendiciones estás dejando pasar por enfocarte únicamente en alcanzar la siguiente.
Tal vez esa cuota de felicidad no haya que guardarla para después. Tal vez debas gastarla hoy: haciendo uso consciente de las cosas que ya tienes, celebrando lo que has logrado, dándote el permiso de saborear tus pequeñas y grandes metas antes de plantearte una nueva. Regálate el privilegio de premiarte.
Como persona que durante mucho tiempo condicionó su valor a los logros, entiendo perfectamente la satisfacción que viene con alcanzar una meta. Pero como terapeuta, puedo decirte con certeza: en los días en los que no logras nada, también eres digna o digno del mismo amor, respeto y valor.
Quizás… solo quizás, es hora de reflexionar sobre cuánto estás posponiendo lo que ya mereces sentir.



































