A lo largo de la historia, la política ha estado marcada por una constante tensión entre la realidad y el ideal, entre el ser y el deber ser. En la República Dominicana, esta dicotomía se refleja en el ejercicio del poder, donde las promesas de cambio y desarrollo a menudo chocan con las estructuras establecidas y los intereses particulares.
Nicolás Maquiavelo planteó que la política está influenciada por una moral que dicta cómo deberían ser las cosas, aunque la realidad muchas veces imponga su propia lógica. Pensadores como Kant y Hegel matizaron esta idea, argumentando que si bien el ideal es inalcanzable, su ausencia condenaría a la sociedad al caos y la dominación absoluta de la fuerza.

En el contexto político dominicano, esta tensión es evidente. Se proclama la necesidad de transparencia y rendición de cuentas, pero la corrupción sigue siendo un mal persistente. Se habla de desarrollo económico y equidad, pero las brechas sociales continúan ensanchándose. Se defiende la democracia, pero el clientelismo y el populismo siguen modelando la conducta política.
El dilema entre el pragmatismo político y los ideales democráticos es una realidad palpable. Mientras algunos sectores abogan por un cambio estructural basado en principios éticos, otros defienden la realpolitik como la única forma viable de gobernar. La hipocresía política es un fenómeno recurrente: se promueven discursos de justicia social mientras se perpetúan prácticas que benefician a unas pocas élites.
Pero, ¿qué sería de la política sin esos ideales? Si se renuncia a la idea de una sociedad más justa y equitativa, el ejercicio del poder se convertiría en un mero juego de intereses sin rumbo moral. Aunque esos horizontes de justicia y progreso parezcan inalcanzables, son necesarios para impulsar el cambio, aunque sea de manera incremental.
Maquiavelo afirmó que “todos ven lo que aparentas, pero pocos ven lo que realmente eres”. En la República Dominicana, esta frase resuena en cada discurso político, en cada campaña electoral, en cada promesa que rara vez se materializa. La apariencia se convierte en una herramienta de poder, en una fachada que muchas veces oculta la verdadera naturaleza de los actores políticos.
Sin embargo, la historia demuestra que los cambios no surgen espontáneamente. Necesitan ser impulsados por la voluntad política y la presión ciudadana. Aunque el deber ser nunca se alcance en su totalidad, el solo hecho de aspirar a él permite que la sociedad avance, que las instituciones evolucionen y que el sistema político se fortalezca.
La política dominicana sigue atrapada en el dilema entre la realidad y el ideal. Si bien la historia ha demostrado que la corrupción, el clientelismo y la hipocresía son difíciles de erradicar, también es cierto que la existencia de horizontes de cambio ha permitido avances significativos. El reto está en no sucumbir a la resignación y seguir impulsando la transformación, aunque esta sea paulatina y llena de obstáculos.








































