Para muchos, la Navidad es sinónimo de magia, luces, familia reunida, villancicos y abundancia. Los centros comerciales se llenan, las agendas sociales colapsan de invitaciones y la alegría se vuelve casi un deber colectivo.
Sin embargo, detrás de esa narrativa brillante coexisten silencios, duelos y realidades invisibles.
En mi consulta como psicóloga he aprendido a mirar la Navidad desde perspectivas menos evidentes. He escuchado historias donde diciembre no huele a canela ni a brisita fría, sino a ausencia. Historias donde la temporada festiva se convierte en un recordatorio doloroso de lo perdido: una madre que ya no está, una relación que terminó, una familia que nunca se tuvo, un hogar que no se parece al de las películas.
Cuando la cultura repite “es tiempo de alegría”, muchas personas se sienten obligadas a sonreír, aun cuando su mundo interno pide algo distinto. Hay quienes viven la Navidad como un acto de resistencia emocional: levantarse, bañarse, salir… aunque sea solo por cumplir.
Este año, en la República Dominicana, esa resistencia adquiere otra dimensión. Tras la tragedia del 8 de abril, que arrebató vidas y reorganizó destinos, diciembre llega con sillas vacías y miradas que buscan, en vano, a quienes ya no están. Niños que perdieron a sus padres; padres y madres que perdieron a sus hijos. Familias que tendrán su primera Navidad en duelo.
Frente a esa realidad, la felicidad obligatoria se vuelve una carga.
¿Cómo exigir celebración cuando la vida se fracturó?
No se trata de ser “el Grinch” ni de negar que la Navidad puede traer luz.
El propósito de estas líneas es otro: invitar a la compasión.
Si conoces a alguien viviendo duelo, recuerda que no tiene por qué actuar “normal”. Puede que esta Navidad no quiera salir, ni decorar, ni tomarse fotos. Tal vez su forma de vivir diciembre sea en silencio, y eso también merece respeto.
Y si eres tú, date permiso de sentir.
La presión social por “estar bien” puede volverse violenta cuando no hay espacio para la tristeza. Nombrar tu dolor no te hace débil; te hace humano. A veces, honrar la memoria implica justo eso: permitirte sentir, pausar, respirar, no forzar la alegría.
Como dominicana, hay una línea que cada diciembre me acompaña desde la infancia. Está en una de nuestras canciones navideñas más conocidas:
“Navidad que vuelve, tradición del año: unos van alegres y otros van llorando.”
Hoy, desde mi labor como psicóloga, esa frase adquiere un nuevo significado. Porque ya no la escucho solo como parte del jolgorio típico, sino como un recordatorio necesario: en un mismo diciembre pueden coexistir la risa y el llanto; la cena servida y la silla vacía; el estreno de ropa y el duelo silencioso.
La Navidad no pierde sentido por ser vivida diferente.
No se trata de renunciar a la esperanza, sino de permitir que esta aparezca de forma honesta, en su propio tiempo.
Porque la vida no es solo lentejuelas; también es ausencia.
Y acompañar ese vacío, sin juicio, es otra forma válida de celebrar la existencia.
Quizás este año la magia no venga del brillo, sino del permiso:
del derecho a sentir, a recordar, a sanar sin prisa.





































