En la actualidad, se asocia con frecuencia la inteligencia a la capacidad de cuestionar. Se piensa que mientras más preguntas formule alguien, mayor será su coeficiente intelectual o su capacidad crítica. No obstante, la evidencia académica y la experiencia social muestran que no siempre es así. Cuestionar sin rumbo o exigir pruebas infinitas puede ser más un signo de terquedad que de brillantez intelectual.
La psicología cognitiva ha estudiado durante décadas los factores que componen la inteligencia. Entre ellos destacan la curiosidad, la capacidad de análisis y la adaptabilidad para aprender. En este marco, el cuestionamiento cumple un papel fundamental, pero solo cuando está bien orientado.
Un pensamiento crítico saludable combina tres dimensiones:
Curiosidad con propósito: la disposición de explorar lo desconocido y formular preguntas que abran posibilidades.
Discernimiento: la habilidad de diferenciar qué dudas son relevantes y cuáles se convierten en ruido.
Aprendizaje activo: la voluntad de aceptar respuestas, incluso si contradicen las creencias previas, y transformarlas en conocimiento útil.
Filosóficamente, ya Sócrates entendía el valor de la duda como herramienta de aprendizaje, pero siempre dentro de un método para acercarse a la verdad. Cuestionar sin aceptar ninguna respuesta, en cambio, es un círculo vicioso que no aporta claridad ni crecimiento.
El exceso de escepticismo también puede tener consecuencias sociales. En la era digital, abundan individuos que demandan pruebas extremas de todo sin aceptar ninguna evidencia, lo que debilita el diálogo racional y fomenta la polarización. En ese contexto, no toda duda es crítica constructiva: algunas son simplemente resistencia a la verdad.
La inteligencia no se mide por la cantidad de dudas que alguien plantea, sino por la calidad de las preguntas y la capacidad de integrar respuestas. Cuestionar demasiado, sin apertura al aprendizaje, se convierte en obstinación estéril.
El verdadero coeficiente humano se refleja en la capacidad de preguntar con sentido, aceptar respuestas con humildad y convertir la información en sabiduría práctica. La diferencia entre un pensador crítico y un escéptico vacío está en su disposición a aprender, no solo a dudar.
Fuentes consultadas
Sternberg, R. J. (2019). The Theory of Successful Intelligence. Cambridge University Press. – Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux. – Lipman, M. (2003). Thinking in Education. Cambridge University Press. – Platón. Apología de Sócrates.




































