Nombre que atraviesa siglos
Pocas naciones tienen un nombre con tanta carga espiritual e histórica como la República Dominicana. Este nombre no surgió por azar ni fue impuesto por una potencia extranjera, sino que fue el resultado de una profunda conciencia histórica, geográfica, religiosa y política.
Para entenderlo, es necesario remontarse mucho antes de la proclamación de independencia del 27 de febrero de 1844, hasta los días fundacionales de la ciudad de Santo Domingo.
Los perros del Señor
La raíz del término “dominicano” está estrechamente ligada a Santo Domingo de Guzmán, el santo español del siglo XIII que fundó la Orden de los Predicadores, mejor conocida como los dominicos.
Desde tiempos medievales, los dominicos fueron llamados simbólicamente “Domini Canis” —una expresión latina que significa “los perros del Señor”. Este juego de palabras no era casual: representaba a los miembros de la orden como guardianes celosos de la fe católica, combatiendo la herejía y difundiendo el Evangelio.
Cuando la corona española inició la evangelización del Nuevo Mundo, los dominicos jugaron un papel central. Fueron los primeros en instalarse en la isla, construyendo iglesias, conventos y centros de estudio. La ciudad capital —Santo Domingo— fue nombrada en honor a su fundador espiritual.
Así, el nombre “dominicano” comenzó a asociarse no solo con los frailes, sino también con los habitantes de la ciudad, que vivían bajo su influencia espiritual y cultural.
Durante los siglos coloniales, la isla fue conocida como La Española, pero su capital —Santo Domingo— se convirtió en el símbolo central del poder político y religioso.
Con el tiempo, y especialmente tras la ocupación haitiana de 1822, los habitantes de la parte oriental comenzaron a identificarse más con el término “dominicanos”, en oposición a los haitianos del oeste. A la región se le decía comúnmente “la parte dominicana”, es decir, la parte de Santo Domingo.
Esta distinción no solo era geográfica, sino también cultural, lingüística, religiosa e institucional. Los dominicanos hablaban español, eran católicos, y conservaban estructuras coloniales españolas, a diferencia del modelo revolucionario y francés implantado en Haití.
Cuando Juan Pablo Duarte fundó La Trinitaria en 1838, ya tenía claro el proyecto de nación que soñaba: una república libre, soberana, sin dominación extranjera, construida sobre las raíces históricas y espirituales del pueblo dominicano.
En sus proclamas y escritos, Duarte utiliza constantemente el término “dominicanos” para referirse al pueblo que debía levantarse contra el yugo haitiano. Para él, la identidad estaba definida: éramos dominicanos, hijos de Santo Domingo, herederos de una historia distinta.
Por ello, al redactar el Juramento Trinitario y encaminar la lucha independentista, Duarte y los trinitarios adoptaron formalmente el nombre de “República Dominicana”: una república nacida del pueblo dominicano, cuya esencia estaba ligada a su historia, su religión y su geografía.
No debe olvidarse el poder de la palabra “república”. Para Duarte, formado en los ideales liberales del siglo XIX, una república era el modelo político ideal:
Un sistema sin reyes ni tiranos.
Con ciudadanos libres e iguales ante la ley.
Con separación de poderes, y sin injerencia extranjera.
Al unirla con “Dominicana”, se consagraba un nuevo proyecto nacional: la República Dominicana, una nación con alma cristiana, vocación republicana y una identidad propia.
El nombre “República Dominicana” no es solo una designación territorial. Es un símbolo de resistencia cultural, afirmación identitaria y aspiración política.
Evoca a:
Santo Domingo de Guzmán, y la herencia moral de los dominicos.
La ciudad de Santo Domingo, cuna de la civilización europea en América.
La lucha trinitaria, que dio forma a la nación moderna.
Hoy, más de 180 años después de aquella gesta, decir “República Dominicana” es invocar todo eso: una historia larga, compleja, pero profundamente nuestra.








































