En mi camino por la psicología clínica, ya sea en el estudio o en la práctica, hay una constante que salta a la vista: los hombres casi siempre están ausentes. En las aulas, en los talleres, en los espacios formativos, y más allá, en el consultorio, en los grupos de apoyo, en la búsqueda activa de ayuda psicológica. La cultura dominicana juega un papel clave en esto.
Crecí escuchando frases como «los hombres no lloran» o «el hombre muere parao», expresiones que, más que refranes, son decretos que moldean la forma en que los hombres viven (y callan) su salud mental. Desde pequeños, se les inculca que deben ser fuertes, autosuficientes, inquebrantables. ¿El resultado? Una carga invisible que los obliga a sufrir en silencio, reprimiendo emociones y evitando la ayuda que tanto podrían necesitar.
Esta realidad trasciende la mi percepción individual; los datos iluminan lo que muchos prefieren ignorar. Según el Boletín Demográfico y Social 2024 de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), el suicidio en la República Dominicana ha sido, en su esencia, un desafío que aflige mayormente a los hombres. En 2019, se registraron 3.5 muertes por suicidio entre hombres por cada muerte similar ocurrida entre mujeres. Entre los años 2019 y 2023, la tasa de suicidio ha fluctuado entre 6.60 y 7.13 por cada 100,000 personas de 6 años y más, alcanzando un inquietante pico en 2021.
Lo más preocupante es que, aunque las mujeres intentan suicidarse con mayor frecuencia, los hombres tienen un porcentaje significativamente mayor de suicidios consumados. Esto refleja no solo la tragedia de la falta de intervención, sino también la cultura de represión emocional que afecta a muchos hombres, quienes, por temor al estigma o a la debilidad, prefieren callar su sufrimiento y no buscar ayuda.
No solo estamos ignorando las cifras; estamos olvidando que detrás de cada número hay una vida, una historia que terminó en silencio. Cuando vemos que los suicidios en República Dominicana entre 2019 y 2023 promedian 173 casos anuales solo en jóvenes adultos de 20 a 34 años, es fácil perder de vista que no son simples estadísticas, sino llamados de ayuda que no fueron escuchados. Y aunque estos datos son cruciales para entender la magnitud del problema, también debemos ver más allá: esta no es solo una crisis de salud mental masculina, es una responsabilidad social que nos involucra a todos.
Más allá de reconocer la incidencia del suicidio en los hombres, como país debemos cuestionarnos si los métodos de crianza que han dado forma a esos machos fuertes realmente los han fortalecido o si, por el contrario, los han condenado a cargar con un peso invisible. Un peso que, con el tiempo, se vuelve insoportable.
Porque si las cifras ya son alarmantes en los jóvenes, en los adultos mayores de 65 años la realidad es aún más cruda. La persistente alta incidencia de suicidios en este grupo etario nos habla de lo que significa ser un hombre dominicano en esa etapa de la vida: décadas de silencio acumulado que, al final, pasan factura. Enfermedades crónicas, aislamiento social, expectativas económicas insostenibles y una sociedad que ve la vejez como sinónimo de inutilidad se convierten en factores determinantes.
Y aunque los casos en adolescentes de 10 a 19 años sean menores, cualquier pérdida en este grupo es un recordatorio urgente de que debemos actuar antes de que el peso de la vida se haga insoportable. Las cifras nos muestran patrones, pero es nuestra responsabilidad cambiar la historia. Mejorar el acceso a la salud mental, replantear la crianza de los niños y redefinir lo que significa ser un hombre en nuestra sociedad no puede seguir siendo una conversación pendiente.
En esta sociedad acelerada, donde el éxito se mide en logros y la vida en la ciudad se vende como la única meta válida, es fácil olvidar que el ritmo frenético también tiene un costo. El 78.8% de los suicidios en República Dominicana registrado entre 2019-2023, ocurrieron en zonas urbanas, dejando claro que la promesa de una vida mejor no siempre se cumple. Entre estos casos en la ciudad, el 82.6 % fueron hombres, lo que refuerza una verdad incómoda: en la búsqueda de “ser alguien”, muchos terminan perdiéndose a sí mismos.
Este patrón se repite incluso en las zonas rurales, donde, aunque los casos son menores, la brecha de género sigue siendo impactante: 356 hombres se quitaron la vida, frente a 49 mujeres. Esto nos obliga a reconocer una realidad que muchas veces ignoramos: los hombres enfrentan desafíos emocionales específicos que no pueden seguir siendo tratados como un simple asunto de “fortaleza” o “carácter”.
Porque sí, aspiramos a una sociedad equitativa, pero equidad no significa ignorar que las necesidades de salud mental masculina son distintas. No es solo que los hombres se suiciden más, es que lo hacen en silencio, sin haber encontrado espacios donde hablar, pedir ayuda o simplemente existir sin la presión de encajar en un molde impuesto.
Por eso, más que solo exponer cifras, quiero ofrecer algo más: un espacio seguro. Uno donde la conversación sobre la salud mental masculina no sea un tabú ni un lujo, sino una prioridad. Porque la verdadera fortaleza no está en callar, sino en saber que no estamos solos en esta lucha.
Si has llegado hasta aquí, quiero hablarte directamente a ti. A ti, que has aprendido a callar porque así te enseñaron. A ti, que sientes el peso de tener que ser fuerte siempre, incluso cuando por dentro todo se derrumba. Quiero decirte algo que quizás nadie te ha dicho antes con suficiente claridad: no tienes que cargar con todo solo. No tienes que hacerlo en silencio.
Al escribir este artículo, me he dado cuenta de algo que me incomoda admitir: muchas veces he dirigido mi trabajo en salud mental a las mujeres, porque son quienes más buscan ayuda en mi consulta. Pero eso no significa que sean las únicas que la necesitan. Y este artículo ha sido un despertar. Me doy cuenta de que, aunque los hombres no son el público que más me busca, sí son el público que más me necesita.
Por eso, quiero ofrecerte más que palabras. Quiero ofrecerte un espacio seguro. No para decirte qué hacer o quién ser, sino para escucharte, para acompañarte en el proceso de entender que tu salud mental importa. Que tu bienestar no es un lujo ni una señal de debilidad, sino un derecho.
Si sientes que este artículo ha tocado algo en ti, si alguna vez has pensado en pedir ayuda pero no has sabido cómo o dónde, aquí estoy. No tienes que hacerlo solo.



































