Siempre que uso el transporte público, resulta inevitable notar la gran cantidad de ancianos, niños y personas con discapacidad que viajan en condiciones incómodas. Muchas veces, permanecen de pie, apretujados y bajo un agobiante calor; en cambio, también se observa a muchos jóvenes ocupando los asientos con indiferencia, absortos en sus teléfonos y simulando ignorar lo que está a la vista: personas vulnerables que necesitan sentarse. Esta situación evidencia una preocupante falta de cortesía y empatía hacia quienes más la necesitan.
En otro escenario, mientras participaba en una conferencia dictada por una amiga profesora en el marco de un congreso de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales en la UASD, observé el mismo patrón de comportamiento. Muchos jóvenes estudiantes se aferraban a sus butacas como a un salvavidas, sin ceder sus asientos a sus profesores e invitados extranjeros, quienes esperaban de pie por un largo rato.
Ambas situaciones descritas revelan que la cortesía, una virtud esencial, está siendo relegada por actitudes individualistas que priorizan el yo sobre el nosotros. En la actualidad, la falta de cortesía se ha convertido en un comportamiento común que muchos pasan por alto, sin reflexionar sobre sus efectos en la convivencia diaria.
Cultivar la cortesía puede romper las cadenas del egoísmo, origen de numerosos problemas sociales. La falta de empatía y respeto genera conflictos interpersonales, tensión en espacios públicos e incluso accidentes de tránsito, entre otras consecuencias negativas.
Reflexión
El sabio chino Confucio dijo que, al obrar, debemos preguntarnos si estamos siendo corteses. Es urgente recuperar los valores de la cortesía en nuestra vida cotidiana: ser amables, respetuosos y considerados con los demás no solo mejora nuestras relaciones interpersonales, sino que también contribuye a la armonía social.








































